La imposibilidad de competir en las elecciones y la rebelión interna de los sectores que no responden a su conducción abrieron la discusión interna sobre un cambio de ciclo en la fuerza política

“La Cámpora tiene un gran problema. No tiene una candidata. Cristina ya no puede ser. Y el resto no compite para una presidencial. Tienen que ver cómo se acomodan en la cancha. Ella y ellos. Todos”. Así de tajante, escueta y sarcástica fue la definición que un histórico hombre fuerte del PJ Bonaerense hizo ante un puñado de dirigentes en el comienzo del año. Los apuntados son los Kirchner y todos los que están detrás.
Esa idea no muere en su voz ni en su cabeza. Esa idea está viva en muchos intendentes que empujan a Axel Kicillof hacia el camino presidencial y en la gran mayoría de los gobernadores de Fuerza Patria, que tienen la vocación de imponer límites a la influencia cristinista. Ese movimiento es, al mismo tiempo, un mensaje bien claro para la ex presidenta. Las reglas del juego van a cambiar.
Ya recuperada de la apendicitis, con posterior infección, que sufrió al final del año pasado, CFK comenzó su año político sentando su postura sobre la detención de Nicolás Maduro por parte del gobierno norteamericano. Publicó el mensaje esperado. Nada fuera de la lógica de su pensamiento y de sus posturas públicas. En ese punto coincidió con Kicillof, su enemigo íntimo. Ambos condenaron el accionar del gobierno de Donald Trump.
La ex presidenta tiene por delante un año clave. Gran parte del peronismo discutirá su liderazgo con mayor profundidad que en los últimos años. Hay un motivo consistente para hacerlo: Milei avanza en la construcción de un esquema político sólido de cara al 2027 y el peronismo lleva un largo tiempo sin poder renovar su propuesta electoral.
Su liderazgo, más allá de las fronteras del cristinismo, – La Cámpora, Nuevo Encuentro, Kolina y los dirigentes parlamentarios del interior que le responden – se ha limitado en forma vertiginosa a lo largo de los últimos meses. El primer rebelde fue el riojano Ricardo Quintela, que quiso competirle la presidencia del PJ y la desafió en público. Su voluntad tuvo un límite. La junta electoral, con gran influencia K, le impidió competir.
En el final del 2024, y luego del desplante de Kicillof que no la apoyó en público para desembarcar en el partido, CFK asumió la presidencia del PJ Nacional en la UMET. En ese acto no hubo un solo gobernador peronista. Una escena que, en otros tiempos de poder del kirchnerismo, nunca hubiese tenido lugar.
Esa ausencia, decorada y desdramatizada con sentido lógico por parte del kirchnerismo, fue la primera señal de que el peronismo ya no respondía a su jefatura política. Los meses que siguieron, con varias reuniones en Matheu 130, solo sirvieron para congregar a dirigentes fieles. No hubo amplitud real.
El movimiento que rompió ese cerco fue su condena en la causa Vialidad y su posterior detención. Allí aparecieron en escena algunos dirigentes como Guillermo Moreno, que se acercaron al conglomerado mayoritario del peronismo. En esa instancia también se creó una tregua en la batalla, sin trincheras, que tuvo el peronismo bonaerense en el último tiempo.
El segundo movimiento que corrió aún más esos límites fue la discusión por la estrategia electoral de cara al 26 de octubre del 2025. Pero no la de la provincia de Buenos Aires, sino la del interior del país. Ahí la cara más visible que se acercó a Fuerza Patria y a la ex jefa de Estado fue Juan Manuel Urtubey.
Sin embargo, esos arribos se convirtieron en un espejismo para algunos dirigentes del cristinismo. Aquellos que pensaron que, recluida en San José 1111, CFK iba a poder volver a conducir el peronismo. Eso no pasó y, con el paso de las semanas, su influencia se vio cada vez más limitada.
Por eso el gran desafío de la ex presidenta es reinventarse desde su condena y tratar de reconfigurar su liderazgo. Kicillof no la va a esperar para construir su proyecto político nacional. O lo apoyan o sigue adelante sin importarle la guerra interna que pueda desatarle el cristinismo. Aún sabiendo los costos de esa decisión, avanza a paso lento, pero firme.
En el final del año pasado los gobernadores de Fuerza Patria mostraron que quieren ponerle un freno a la influencia de CFK en el Congreso. Lo que implica, al mismo tiempo, frenar su poder de fuego en el principal terreno de discusión con el gobierno de Javier Milei. En paralelo, la mayoría de los intendentes de la provincia de Buenos Aires están dispuestos a defender sus territorios de la influencia cristinista. Los que tienen los votos no la alaban como antes, pero tampoco la subestiman.
La que viene será una etapa conflictiva y, tal vez, fundacional. “El peronismo se tiene que ordenar desde el poder o no se ordena. Necesita un jefe que lo ordene y ese jefe hoy no existe”, aseguró una senadora nacional a Infobae, que ve, desde adentro del Congreso, como el peronismo sufre las fugas de los que juegan a ser pragmáticos sin perder la chapa justicialista en sus provincias.
Esa impresión expone, con claridad, una de las verdades que se construyeron en el peronismo a lo largo de la historia. Tiene que haber un líder consolidado para ordenar, de arriba hacia abajo, y, generalmente, esa situación se da desde el poder. La horizontalidad y la deliberación permanente, en una fuerza como el peronismo, termina en una sumatoria de pequeñas internas. Eso es lo que pasa en la actualidad.
El problema que tiene el PJ en los últimos años es que intenta ordenarse desde el llano. Kicillof ha sido un precursor en ese sentido. Construyó su propia agrupación, se divorció de CFK y decidió dar una pelea de poder contra su mentora y la figura más trascendente que tiene el peronismo en los últimos 15 años. Tuvo sus costos y sus beneficios. La gran mayoría están a la vista. Los que no se distinguen, recién se verán en los primeros meses del 2027.
Más allá del resultado que logre al final del camino que se trazó, su batalla ya está dada y abrió varias arterias de discusión hacia adentro del peronismo en todo el país. Porque la rebelión contra la conducción de Cristina Kirchner y la forma de discutir poder del kirchnerismo, cansaron a gran parte del peronismo nacional hace ya tiempo. El proceso de autonomía del gobernador bonaerense lo que hizo fue poner sobre la mesa un debate que estaba atado al subsuelo de la fuerza política.
“El liderazgo de CFK se va apagando, pero su influencia en el conurbano bonaerense, que es trascendente para un armado nacional, sigue siendo muy importante. Hay que contenerla, pero hay que discutir hacia adentro las candidaturas y cómo se ordena el espacio político. La forma de hacer política de los K ya no va más”, fue la reflexión de un peso pesado del peronismo del interior del país. Un equilibrista que sabe, como tantos otros que integran las distintas terminales justicialistas, que para que el proyecto nacional tenga futuro, el kirchnerismo, de alguna u otra manera, tiene que ser parte.
Fuente: Infobae
