Anna Bågenholm, se accidentó mientras practicaba esquí 1999. Al ser extraída del agua, su piel estaba pálida y sus ojos cerrados. No respiraba y no había señales de circulación sanguínea. Por qué su caso se convirtió en un fenómeno médico

Una mañana de mayo de 1999 comenzó como cualquier otra para Anna Bågenholm. La radióloga sueca, conocida por su pasión por el esquí, decidió aventurarse junto a dos amigos en las montañas de Narvik, en el norte de Noruega. El cielo era de un azul cristalino y el aire frío refrescaba sus rostros mientras deslizaban por las pendientes. Sin embargo, lo que empezó como una simple excursión, pronto se tornó en una lucha desesperada por la vida.

Durante el descenso, Anna perdió el control. Sus esquís resbalaron sobre el hielo, y en un abrir y cerrar de ojos, se encontró cayendo con fuerza sobre un arroyo congelado. El impacto fue tan severo que el hielo cedió bajo su peso, tragándola hasta la cintura.

Sus amigos, Torvind Næsheim y Marie Falkenberg, observaron con horror cómo su cuerpo era arrastrado bajo una capa de hielo de 20 centímetros de espesor. Solo sus piernas, aún con los esquís adheridos, permanecieron visibles.

Cuando llegó al hospital, la temperatura interna de Anna era de tan solo 13.7°C, muy por debajo del umbral mortal de hipotermia. Sin embargo, la misma frialdad que la puso al borde de la muerte también le otorgó una insólita oportunidad de supervivencia. El frío había ralentizado su metabolismo a un punto donde su cerebro, esencialmente “congelado”, requería mínimas cantidades de oxígeno para mantenerse funcional.

Contra todo pronóstico, después de tres horas de esfuerzos médicos incansables, el corazón de Anna comenzó a latir nuevamente. A pesar de las severas condiciones, su cerebro había soportado el trauma sin daños irreparables. Su caso se convertiría en un fenómeno médico, demostrando la resiliencia del cuerpo humano frente a la hipotermia extrema.

Fuente: Infobae