El músico tocó casi tres horas y paseó por todas las emociones a un público entregado desde siempre. Una puesta imponente, una banda ajustada y la sensación de ser felices por un rato

Hace dos horas y media y 33 canciones que Paul McCartney está sobre el escenario cuando desata el furibundo riff de “Helter Skelter”. El grito primitivo del Álbum Blanco sacude al Estadio Monumental y el público ingresa en un trance. Es testigo de un hombre de 82 años que cada noche pone en juego su leyenda. Que no paró un segundo de cantar, de moverse, de entretener. Y todavía falta para un final que presume ya escrito, pero aún así se permite un lugar para la sorpresa.

Con esa energía, el respeto por su obra y el compromiso con el público, el británico redondeó un concierto inolvidable en el primero de los dos que tiene programados en Buenos Aires. Organizado con una estructura similar a la de las últimas visitas, matizado por los cambios facilitados por la tecnología y la reciente aparición del documental Get Back, que bucea en las sesiones de Let it Be. El trabajo en las cintas audiovisuales de Peter Jackson, más la artesanía que derivó en la edición de la inédita “Now and then”, le permitieron a Paul utilizar nuevas herramientas a la hora de visitar el catálogo beatle y jugar un poco con su propia historia.

El público que colmó el Monumental fue llegando de a poco, con esa pintura generacional que solo permite un artista de la talla de McCartney, capaz de trascender los tiempos y las modas. Puntualmente a las 21 se apagaron las luces y las pantallas laterales empezaron a recorrer un edificio de manera ascendente para empezar a simbolizar la vida y obra de Paul McCartney. Amagó ser cronológico, con postales familiares en blanco y negro y los primeros contactos con la música: los imberbes Quarrymen que mutaron en Los Beatles para cambiar el mundo. Pero una dosis psicodélica lo tornó colorido y atemporal. Aparecieron los Wings y sus compañeros actuales, con los que ya lleva tocando casi el doble de tiempo que con los de Liverpool, las portadas de sus álbumes y figuras varias del universo pop, hasta que el ascensor imaginario llegó a la terraza: allí, un poco antena y otro pararrayos, su inconfundible bajo Hofner, y entonces todo termina de cobrar sentido.

Fuente: Infobae